Cuando colgó el teléfono, Sofía pensó que con enojarlo un poco bastaba.
Al fin y al cabo, no podía fingir que Diego no existía. Cada vez que lo veía, le molestaba que estuviera siempre rondando como un fantasma, y eso se convertía en un desgaste interno.
Así que mejor aceptarlo.
Además, ahora tenía a Alejandro como "herramienta". Si Diego quería fastidiarla, ella ya no temía. Incluso podía sacar algún beneficio.
Cuantas más veces se estrellara contra su indiferencia, más dudaría entre insistir o