La casa de Carmen estaba en el centro de la ciudad, con unos árboles de plátano enormes en los lados de la calle. Las hojas se movían con el viento y la luz del sol se colaba entre ellas, iluminando la cara de Diego.
Él tenía la piel muy blanca, medía metro ochenta y ocho, tenía la espalda ancha y la cintura angosta. Estaba acostumbrado a mandar, y tenía esa presencia elegante y altanera. Como era fin de semana, Diego traía puesto un suéter gris claro y pantalones casuales. A primera vista se ve