Llevo diez días llorando como una Magdalena sin descanso en la casa de Leo. Siento que en cualquier momento voy a inundar su casa con mis lágrimas. Nico y Leo están preocupados porque no he querido comer ni salir de la habitación, esperando a que Bastián me llame y me pida perdón. Pero al quinto día me resigné: no lo haría. Y lo entiendo... pero también me duele, porque no me creyó.
—Abril, ya no puedes seguir así —Leo me levanta de golpe de la cama y me mete a la ducha a la fuerza.
—¿Qué mierda