Abrió los ojos y respiró de verdad profundo, sintiendo cómo el frío le adolecía los pies y la falta de claridad en la habitación le detenía la respiración.
A juzgar por las penumbras en la habitación, y que no había más luz en la calle que las de las farolas, la nueva Rebecca pudo darse cuenta de que ya era de noche. Confundida, Rebecca se puso en pie, preguntándose por qué su casa estaba tan silencia si, luego de que ambos niños durmieran parte de la tarde, seguramente volverían a dormirse muy