CAPÍTULO 36

Abrió la puerta y lo primero que vio fue a ella, al gran amor de su vida, sentada en el sofá pequeño de su sala, mirando a, aparentemente, la nada; o fue así hasta que Estrella respiró tan profundo que su cuerpo se estiró un poco y abrió los ojos enormes antes de ponerlos sobre de él.

—Siéntate, por favor —pidió Estrella, indicando con su mano el lugar que debía tomar.

Eso fue extraño, demasiado, tanto que a Leobardo incluso se le olvidó lo aliviado que se sintió al no verla tan apagada y trist
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