Sin embargo la sonrisa se le borró en cuanto llegó a su despacho y se giró con la mano en la puerta.
—Viviana, a mi oficina —la llamó y la mujer apretó los labios y respiró hondo antes de seguirlo.
Cerró la puerta con cuidado y se acercó a él con una nueva y complaciente sonrisa dibujada en el ros