El silencio era absoluto, no se podía escuchar nada que no fueran los gruñidos sordos del Diablo mientras aquella chiquilla diminuta le apretaba las pelotas, hasta que tras él se escuchó el susurro de Jacob Lieberman mientras le decía:
—¡Hazte el muerto!
Sammy lo soltó de repente y lo vio clavar u