—¡Claro que no! ¡Quiero que ellos lo hagan! —exclamó Gael—. ¡Piénsalo, Ángel! ¡Ellos pueden enredarse con el juicio por la impugnación y tú no tendrías que ensuciarte las manos con eso!
Y aunque su rostro se mantuvo impávido, Ángel sintió como si alguien todavía más grande y más pesado que su herma