Margaret, desesperada y temerosa por la situación, observaba impotente cómo Alexander continuaba desahogando su furia arremetiendo contra los objetos de la habitación. Su voz se llenó de veneno mientras profería insultos y reproches hacia Margaret que a ella le costaba escuchar, o quizás, no deseaba hacerlo.
— ¡No puedo creer que te hayas metido en mis asuntos! ¡Te odio por esto, Margaret! Te di todo y así me pagas, cuestionando a mis sirvientas y husmeando en lo que no te incumbe ¡¿No aprendi