Abracé sus caderas y le permitir arremeter suavemente, mientras yo me abrazaba a él y hacía lo posible para no producir sonido alguno. Era difícil, en cualquier momento el mesero podría entrar y vernos; sin embargo, por alguna razón, la posibilidad de ser descubiertos me hacía desear prolongar más ese momento.
Gemí por lo bajo cuando me empujó contra la mesa, enterrándose en mí sin preocuparle nada.
—¿Lo amas aún? —preguntó de repente.
Lo miré con los labios entreabiertos, observando como ap