Capítulo cuarenta y cinco.
No tienes corazón
Dante.
Corrí tan rápido como mis pies me lo permitieron, sentía dolor en el cuerpo, pero no me importó. La única preocupación era el abuelo… abrí la puerta de la biblioteca, no sé lo que esperaba ver, pero jamás habría imaginado al abuelo empuñando un arma y a mi madre, tomando su hombro.
Deslicé la mirada, un arma estaba a sus pies.
—¿Abuelo?
—Llama a la policía, Dante… —dijo sin mirarme.
—¿Estás bien? —pregunté.
—¡Llama a la policía, Dante! —gritó.
—¡Mamá!
El grito de Federi