Las reuniones de la familia Moretti no eran diferentes de un baile de disfraces, todos interpretando su mejor personaje llevaban puesta una máscara sobre su rostro, fríos, estoicos e indiferentes.
Rostros hermosos sin vida.
Adriana no estaba segura de poder imitarlos, era difícil mantener una cara de poker cuando todas las personas a su alrededor la aterraban, el cuello le dolía y cada vez que intentaba hablar sonaba como si se hubiese fumado una caja de cigarrillos diaria, al final decidió