El eco de la respiración agitada de ambos aún flotaba en la penumbra del despacho cuando Alejandro, lentamente, fue recuperando la lucidez. La neblina de la pasión ciega comenzó a disiparse, dejando al descubierto una realidad pesada y sofocante. Mantuvo las manos apoyadas sobre la madera del escritorio, con la mirada clavada en la carpeta de documentos dispersos por el suelo. El peso de lo que acababa de ocurrir le cayó encima como una losa de concreto: había cedido ante la provocación, cruz