El atardecer teñía el cielo de la ciudad con un tono carmesí intenso cuando Alejandro regresó a la mansión. La jornada en la oficina había sido una extraña mezcla de adicción y control. Por un lado, la presencia constante de Xiomara lo envolvía en una atmósfera de admiración constante; por el otro, la tensión oculta por las finanzas de la naviera comenzaba a generar un peso imponente en sus hombros. Sin embargo, en el instante en que cruzó el umbral de la residencia, la calidez de su ego infla