David no perdió el tiempo. Uno no podía negarse ante tal despliegue de belleza. Fue a su encuentro porque se moría de ganas de sentir piel con piel. No se podía decir que la besó. Se la comió. Metafórica y literalmente. Poco le importaron los contratos millonarios que estaban encima de su mesa y acabaron en el suelo como papel inservible. Solo le importaba su mujer. Su ángel de rojo. Su sirena.
No supo si había sido el cambio de escenario, de posición o los días que llevaba sin sentirla cerqu