Meses después Valentina y ella estaban sentadas en la cubierta del barco, rodeadas de capazos de bebés.
—Dios mío, por fin —dijo su hermana bebiendo de su té helado. Estaba atardeciendo y los colores pintaban el firmamento, ya no hacía tanto calor. Era agradable la brisa y en el barco se estaba muy bien.
—Llevan toda la tarde que cuando no llora uno llora el otro. ¡Dios, necesitaba estas vacaciones!
—Hicieron una buena inversión al comprar el yate.
—Pues sí. Me encanta la vista. Si mi marid