Roberta, al reconocer al recién llegado, sintió un escalofrío. El hombre que irradiaba una poderosa aura era Daniel Caballero de Alucia, alguien a quien los Ferrero no podían ofender fácilmente.
Discretamente, miró el borroso video de vigilancia, asegurándose de que el hombre en él era irreconocible. Tal vez, como decía su hija, el señor Caballero solo estaba jugando con Silvia. Un hombre de su estatus social nunca se fijaría en una mujer divorciada como ella.
Con ese pensamiento, Roberta se