Paul avanzó por el pasillo de la oficina con pasos rápidos, como si cada latido lo empujara hacia la verdad. No iba a perder más tiempo anunciándose inocente, les pidió a sus padres que lo dejaran en el edificio de la empresa que compartían. La asistente levantó la mirada sorprendida cuando iba a consultar por el estado de salud de Amelia él se adelantó y preguntó, con voz firme pero quebrada:
—¿Quién trajo las galletas para Amelia?
La secretaria lo miró perpleja, preguntándose a que venia esa