Abel ladeó los labios, la invitó a bajar del vehículo, caminaron frente a la única iglesia que había en la ciudad, tomaron asiento en unas bancas de cemento en el parque. Malú miró a varios niños, correr, jugar, sonreír con sus padres, y el corazón se le estrujó en el pecho, no podía dejar de pensar en su bebé muerto.
Él le acarició la mejilla, la tomó de la mano, al notar su tristeza.
—¡Abel! —gritaron varios chiquillos en coro, se acercaron a él. El hombre se puso de pie de inmediato, esbo