La calidez de su aliento, provocó que Malú perdiera la poca cordura que le quedaba, cerró sus ojos y sintió como un remolino de exquisitas sensaciones le recorrían la piel, jadeó bajito cuando la lengua de Abel se posó en su garganta, y la acarició.
—¡Diablo… no sigas! —balbuceó, sostenía una lucha mental entre lo que decía su conciencia y lo que su cuerpo demandaba.
Abel no hizo caso, pues el cuerpo de Malú respondía a cada una de sus caricias, y besos, sus manos fueron subiendo con lentitu