Eduardo regresaba de Armenia, conducía en dirección a Manizales, en medio de la carretera plagada de cafetales, miró un jeep mal estacionado.
Frunció el ceño, aquel auto le era familiar, tocó la bocina varias veces, esperando que la persona que conducía reaccionara. Entonces observó las placas, y de inmediato bajó.
Enseguida golpeó la ventana del auto. La conductora tenía la cabeza sobre el volante. De inmediato reconoció esa dorada cabellera.
—Chiquilla ¿estás bien? ¿Te has hecho daño? —ind