Faltaban treinta minutos para que el reloj marcara las siete de la noche. Abel se miraba al espejo, ansioso, rememoraba la primera cita que tuvo con Malú, aquella vez en la playa.
—Debo hacer que recuerdes —se dijo para sí mismo, justo en ese instante una llamada lo sacó de sus cavilaciones. Frunció los labios al ver que era Leticia.
—¿Qué sucede? —indagó.
—Buenas noches —saludó ella—, tenemos problemas, hay una ruptura estructural de una represa, debes venir de inmediato.
Abel no podía