Ella negó con la cabeza, sabía lo que venía después, ejerció más presión en aquella tiesa vaina. Abel se removió, gruñó y su cimiente empezó a brotar, Malú se retiró, en sus labios había restos de aquella blanquecina sustancia, observó a su marido a los ojos, y saboreó su semilla.
—Voy a enloquecer, si no me desatas —habló con voz ronca.
Malú comprendió el mensaje, de nuevo estaba a horcajadas encima de él, le retiró las esposas, y en menos de un minuto su cuerpo estaba bajo el de Abel.
—Ah