42. No estuvo nada mal abogado.
Mantuvo una mano en su cuello sin privarla de aire, pero si haciéndole sentir el control que ejercía sobre ella y coló la otra mano entre sus cuerpos buscando el botoncito de placer que sabía que escondía entre sus pliegues encontrándose hinchado y necesitado de atención, una atención que él le daba con demasiada habilidad como para que ella lo resistiera por mucho tiempo, a medida que se hundía en su interior sin descanso, con furia volvió a inclinarse sobre ella para besar su cuello, obligánd