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Había pocas cosas que molestaran tanto a Andrew como que le interrumpieran en un momento que para él era único como lo era ese. Todavía descompuesto con el calor del momento, contempló al muchacho con cara de muy pocos amigos.
—¿Qué clase de regalo es? ¡He dado órdenes de que no se nos molestara hasta que terminara la obra! —espetó, hecho una furita.
El muchacho vestido de traje y corbata temblaba frente a él como una hoja y le entregó a su mano un sobre.
—Aquí tiene, señor. No me han dicho qui