Pensó que quizá se marcharía de la habitación, pero no. Álvaro se tumbó, la rodeó con sus brazos y la atrajo contra su pecho.
—No volveré a impedir que salgas o que disfrutes de tu libertad, —murmuró con la voz quebrada—. Pero te pido que no veas más a Cristóbal. Ese es mi único requisito… y no nos divorciaremos.
Gabriela cerró con fuerza los ojos. Sintió cómo las lágrimas brotaban sin que pudiera hacer nada por contenerlas.
Gabriela pasó la noche entre sueños extraños y perturbadores.
Soñó con