—No digas tonterías, —regañó Carmen con severidad.
Por mucho que Cintia temiera a los ancianos de la familia Saavedra, el respeto hacia los Rojo era aún mayor. Al oír el tono de Carmen, encogió el cuello y no se atrevió a refutar.
—A partir de ahora, si quieres tomar algo, pídele al servicio que lo prepare. No lo hagas tú misma, —recomendó Álvaro con suavidad mientras terminaba de untar la crema en la mano de Gabriela.
Ella guardó silencio, con la mirada distante. En cuanto él terminó, Gabriela