Al ver que la herida estaba rezumando sangre de color negro, gotas de lágrimas rodaron rápidamente por el rostro de Mia. —Mami, todo es mi culpa. ¡Estás herida por tratar de salvarme!—
Como cualquier otra niña de cinco años, Mia era lo suficientemente madura para comprender el significado de la muerte.
Aun así, no se atrevió a mencionar nada sobre la muerte porque temía maldecir la situación.
—¿Qué d-debería hacer para h-hacer que te sientas m-mejor?— Mia se atragantó con sus palabras mientras