DOMENICO BANE
El café negro bajaba amargo y tibio por mi garganta.
Estaba apoyado en el grueso pilar de madera de la terraza del resort, observando la inmensidad de las montañas de Colorado. Sostuve el vaso térmico con fuerza, luchando contra el instinto de ir al bar más cercano y pedir una botella entera de whisky. Pero estaba sobrio. Sobrio, exhausto y profundamente amargado.
Respiré hondo, intentando seguir el consejo de Rubi y enfocarme en la paz del paisaje, cuando giré la cabeza despacio