DOMENICO BANE
La puerta de servicio del Hotel Plaza se cerró de golpe detrás de mí, ahogando el sonido de la música clásica y de las conversaciones en el salón. Metí las manos en los bolsillos de mi esmoquin y caminé hacia la acera menos transitada.
Menos de un minuto después, la puerta se abrió de nuevo y apareció Chelsea, acomodándose un elegante abrigo sobre el vestido.
— Pensé que ibas a huir sin mí — dijo con una sonrisa divertida.
— Soy un hombre de palabra, señorita Mebton — respondí, se