DOMENICO BANE
Viernes. Durante todo ese maldito día, el tiempo pareció estar burlándose de mí.
Las manecillas del reloj en mi muñeca se arrastraban con una lentitud sádica e insoportable.
Me sentía ridículo. Estaba sentado en mi silla girando un bolígrafo entre los dedos y contando los minutos para el fin de la jornada laboral como un adolescente virgen y ansioso. Era patético. Pero no podía evitarlo. Valentina me dejaba en ese estado.
El simple recuerdo de su promesa de tener una noche entera