ARES BECKETT
El whisky bajó quemando por mi garganta, un calor satisfactorio que combinaba con mi humor. Yo estaba en la sala de estar, con las luces bajas, girando el vaso de cristal en la mano y mirando fijamente la puerta de entrada.
Ya pasaban de las ocho de la noche. Rubi no tenía a dónde ir. Podía patalear, gritar e intentar jugar a ser modelo, pero al final del día, sabía quién mandaba. El contrato que hice con su padre era la correa perfecta.
Escuché el ruido de la llave en la cerradura