Los gritos y risas de los niños se podían escuchar por toda la casa de Paolo, uno más alto que otro como si se tratara de alguna especie de competencia. Los hijos de sus hermanas y de sus amigos eran como muñecos que funcionaban con baterías de larga duración.
Después de tanto tiempo, ya estaba acostumbrado a aquel loquerío. Con tantos adultos cerca, cualquiera pensaría que nada podía sucederles, pero sus sobrinos siempre les demostraban lo equivocados que estaban. Es por eso que siempre manten