Al entrar en su habitación, Madeline corre al baño y se encierra allí. Al quitarse la sábana que cubría su cuerpo, queda frente al espejo del lavabo. Observa su propio reflejo, notando las marcas que las lágrimas dejaron en su rostro. Luego baja la mirada hacia el dedo gordo del pie y se quita la curita que se había puesto de madrugada. Aquel había sido el lugar más discreto y fácil que encontró para hacerse un corte lo suficientemente profundo como para obtener la cantidad de sangre necesaria