—¿Dos mil libras? —Alice traga saliva al descubrir el precio del vino que quiere comprar.
—Así es —responde el vendedor, mirándola de reojo al darse cuenta de que no tiene dinero para pagarlo.
—No hace falta que compres el mismo vino, amiga —interviene Laila—. Puedes comprar uno más barato. Lo que vale es la intención.
—Pero quería regalarle el mismo que rompí anoche —confiesa con tristeza.
—Lo sé, pero no debes olvidar que Richard es un arquitecto reconocido, lleno de dinero, mientras que tú n