CAPÍTULO — Lo único imprescindible
Clara la encontró en la habitación con la mano apoyada sobre la panza y los ojos todavía brillosos.
No eran de tristeza.
Había algo distinto en la postura de su hija. No era fragilidad, ella nunca fue así. Era certeza. Y Clara conocía ese gesto, porque lo había visto antes en el espejo cada vez que la vida le exigió ser valiente.
Las madres saben reconocer ese momento.
Ese instante en que el miedo deja de paralizar y empieza a empujar hacia adelante.
—¿