Jeremías
—Le agradecería que dejara de ponerse ese perfume que lleva.
Gruño, sin dejar de mirar a la carretera, odio sentirme tan tentadoramente embriagado por su esencia. La mujer sentada a mi lado en el asiento del copiloto simplemente resopla. Miro por el retrovisor al niño enfurruñado en el asiento trasero y supongo que esto no va a ser tan fácil como esperaba, pero no puedo pretender correr sin antes caminar.
—¿De verdad llevará a los niños al parque de atracciones cuando termine su turno