En medio de aquella desesperación, Ashley se acercó a Angelo, su mano, buscando la suya con desesperación.
—No puedes irte, no puedes dejarme sola con nuestros hijos—le rogó con voz entrecortada por el miedo y la angustia. El rostro de Angelo se iluminó con una débil sonrisa a pesar del dolor que lo embargaba.
—No pienso hacerlo, amor—murmuró con determinación, sus palabras llenas de promesas de una vida juntos.
A pesar de la gravedad de su estado, su voz era firme y tranquilizadora, como un