―Eso no lo voy a negar ―admite con arrogancia, haciendo una mueca petulante con la boca.
Enseguida sirve una copa con vino que coloca en mi lado, después otra para él y la alza brindando a mi salud. Su gesto me causa gracia.
―Tengo que aceptar que últimamente has bajado un poco tus humos ―digo, dejando mis cubiertos sobre el plato y dando por terminada mi cena.
―Debe ser porque, después de todo eso, te metiste en mi cabeza y no sales de ahí. Aun sigo maldiciéndote porque no sé cómo sucedió ―con