Luis encendió un cigarrillo y lo fumó lentamente.
Catalina, desde el asiento delantero, comentó con sarcasmo:
—Señor Fernández, usted es realmente hábil, unas pocas palabras y la tiene en la palma de su mano. Pero, ¿para qué meterse con ella? ¿De verdad cree que su esposa cederá por esto? No lo creo, a ella le cae muy mal.
Luis jugueteaba con su encendedor de oro sin responder.
Pasaron varios días sin que Luis intentara ganarse el afecto de Dulcinea. Estaba probando una nueva manera.
…
Sarah reg