Luis regresó al dormitorio principal.
Dulcinea seguía sin mirarlo, vivía en su propio mundo.
Quizás, en ese mundo todo era hermoso.
No había imposiciones, ni su invasión, ni agujas frías y sueros interminables, ni esta jaula lujosa pero sin libertad.
Casi dos años habían pasado, y ella era como un pájaro enjaulado, criado por él.
No entendía por qué, si ya se había vengado de ella, robándole su juventud y su amor…
¿Qué más quería?
Luis se paró frente al tocador de estilo inglés, puso el teléfono