Ana acariciaba el cuello de Mario, apenas podía sujetarlo.
Su piel estaba empapada de sudor.
Las gotas de sudor, resbalando por el sensual cuello de Mario, caían en el punto donde sus cuerpos se unían, formando una zona brillante… de un color difícil de describir.
Ana susurró:
—Mario, ¡más despacio!
¡Pero no podía ir más despacio!
Aun así, él consideró sus sentimientos y tomó su muñeca, enrollándola alrededor de su cintura.
Se detuvo un poco, mirándola fijamente, obligándola a mirarlo.
Presionó