La conciencia se desvanecía, todo se volvía borroso.
En sus oídos, resonaba el llanto de Emma, llamándola constantemente «mamá».
Ana luchaba contra la oscuridad que la envolvía.
No podía permitirse morir, aún tenía a Emma, aún tenía a Enrique... aún tenía a Mario.
Esa misma mañana habían sellado la paz entre ellos, anhelando desesperadamente un futuro juntos; un futuro que parecía interminable… Mario le había deseado un feliz año nuevo, no como un simple deseo, sino como una promesa.
Anhelaba qu