Ana tomó la bufanda y agradeció en voz baja antes de alejarse. Mario permaneció en el auto, observando cómo se alejaba su figura entre la nieve, sosteniendo las rosas. Dirigiéndose a Mateo en un susurro, preguntó:
—¿La he molestado?
Mateo respondió de inmediato:
—¡Por supuesto que no, señor! Nunca había expresado algo así antes.
Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de Mario:
—Antes, yo tampoco era así.
Se enderezó en su asiento, su apuesto rostro destacando en la semioscuridad del vehículo: