Todo se calmó.
Los respiros agitados de un hombre y una mujer, la impaciencia de ambos, parecían congelarse; como si el mundo entero se redujera a esa frase de Mario…
—Te amo.
Los ojos de Ana estaban húmedos.
Ella lo miraba, desesperanzada, temblando al decir:
—Mario, ¡no podemos hablar de amor! Si realmente me amaras, ¿cómo podrías seguir haciéndome daño, sacrificándome una y otra vez?
Cada herida que él le había infligido era una cicatriz profunda, ¡imborrable en esta vida!
Su tía observaba su