Cuando Mario se presentó impecablemente vestido, Ana aún estaba sentada en el lavabo, helada hasta los huesos.
Conocía el temperamento de Mario y sabía que él no la dejaría escapar fácilmente, pero si le preguntaban si se arrepentía, su respuesta sería... ¡no, no me arrepiento!
¡No había lugar para arrepentimientos!
En aquel momento, Mario la había llevado al límite, y ella no tenía la lucidez para mentir.
Frente a su desorden, Mario era la encarnación de la elegancia.
Apoyado en la pared o