Capítulo 56

La brisa fresca, de una tarde nublada y ventosa, le acaricia el rostro con delicadeza y juguetea con las hebras onduladas de su cabellera negra. Las lágrimas le resbalan por las mejillas, al recordar que a su difunto esposo le encantaba acariciarle el cabello.

«No puedo creer que estés muerto», piensa melancólica.

Se siente bien poder contar con un momento a solas, en el que puede dejar fluir su tristeza y no tener que disimular su dolor. Es lo que le ha tocado hacer en esos dos meses, sonreír
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