65. Y si la perdición se trata de él
Desengancha despacio. Ha sido él.
Maya quita la mano de su puerta y vuele a pegar la espalda contra el respaldar del asiento.
—¿No es así? —lo mira de reojo. Sus ojos ambarinos le dejan a Maximiliano un deje de tristeza.
—No —refuta al instante—. ¿Acaso crees soy capaz de eso?
La voz de Maximiliano se presiona con los dientes. Por supuesto que está cabreado, y solo suspira, mirando hacia al frente. Su perfil reluce a su vez. Su barba de igual manera. Está más abundante desde la última vez que s