Marina estaba sentada en el auto, observando a su hija jugar con el caballito de madera, abrazándolo con entusiasmo. Sus ojos reflejaban una ternura infinita.
—Presidenta, hemos llegado —anunció Fernando, girándose hacia ella.
—Perfecto —respondió Marina, guardando de inmediato el celular.
Ambos caminaron hacia el campo de golf, y al llegar, Diana los vio y se acercó entusiasta para saludarla.
—Señora Zárate.
—Señorita Diana —saludó Marina con una ligera sonrisa.
Diana la miró con algo de sorpre