Eran las once menos cuarto cuando, vestida con una falda de cuero, leggings y zapatillas deportivas y con una bolsa de viaje colgada al hombro, llamó a la puerta de Sergio.
Tardó unos minutos en abrir, hasta tal punto que la joven iba a marcharse cuando lo hizo. Tenía el pelo revuelto y unas enormes ojeras. A los lados de su boca, unas arruguitas que esa mañana no había visto.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
Sergio tiró de ella y la hizo pasar.
—Sí, desesperado porque tardabas.
—Me dijiste que n